miércoles, 7 de mayo de 2014

Capítulo 1: Los 4 padres de una única hija - Parte II

Se había cortado la luz a las 11:37, un camión cargado de leña le dio en pleno al viejo poste de pino de Libertad con 21 de mayo. Quizás para cuándo lo van a arreglar -pensó-, mientras mezclaba jugo de limón con leche condensada. De la cocina, impregnada del aroma del azúcar y la mantequilla, salía constante el vapor de una gran tetera que relucía sobre la cubierta de fierro recientemente repasada con virutilla, Klenzo y el aluminio de los tarros de café. Que fea esa gallina bordada, está toda sucia, voy a bordar un sobrero para cambiar ese tomador, se dijo para sí, mientras batía con vigor las claras a mano.

Llevaba algunos meses ayudando a la señora Marisa, una amiga de años de su familia, que había desistido del campo y migrado a Coyhaique. Tenía una rotisería en el lado de afuera, así que lucita se hacía cargo de la casa y de cuidar a la señora Herminía que a sus 73 años ya no podía hacer aseo, ni preocuparse de las labores domésticas. Don Renán seguía vendiendo corderos y de vez en cuando se juntaba con el papá de ella en el campo a cruzar un par de palabras, mientras cargaban el camión.

Alas 12 en punto sonaron las campanas de la iglesia, así que dejó las claras ya endurecidas para revolver la olla de cazuela de osobuco que comenzaba a hervir para el almuerzo. Don Renán llegaba a las una y cuarto en punto, así que estaba con tiempo para terminar el pie, trapear el piso de la cocina y limpiar unas manchas de comida que quedaron en el choapino del pasillo de la entrada.

A sus 20 años Lucy ya podía ganar un campeonato de orden y aseo, todos la adoraban en la casa; aun cuando su genio estaba precedido de una arruga que cruzaba su entreceja de lado a lado, delatando no sólo sus emociones presentes, sino que también la amargura de su pasado. A las 5 tenía que pasar a buscar a su hija a la casa de su hermana. Hace 2 años que no se hablaba con sus padres, pero al menos la tenía a ella como apoyo.

Lucita, -dijo la señora Herminia tras de ella- hijita quiero ir al baño, acompáñame por favor. Lucy dejó las revolturas, asintió y tomó a la señora Herminia del brazo pensando en cuándo le podrían una baranda de apoyo en el baño a esta señora, que no podía sentarse ni pararse sola de la taza. El baño estaba muy frío, falta que le dé una pulmonía -pensó-, así que entró primero y cerró la ventana y la cortina de la tina, dejando a la anciana afirmada del marco verde agua de la puerta, luego la ayudó a entrar, bajarse las gruesas panties de lana, los calzones blancos de algodón, dejando al descubierto colgajos de carne senil, que alguna vez fueron unas vigorosas piernas de campo. Un dolor de espalda la cruzó mientras la sujetaba rodeando su cintura por el costado, mirando con impaciencia hacia la puerta y descubriendo cómo faltaba una porción de pintura debajo del enganche del pestillo. La viejita se agarraba de ella y por el otro lado se afirmaba del lavamanos que estaba suelto y que cualquier día caería sobre sus pies. Mientras se sentaba suavemente en la taza, Lucy pensó que lo más difícil de todo era soportar el olor, el olor a feca de anciana, la putrefacción del funcionamiento gastado de los intestinos de la señora. Tuvo que inevitablemente agacharse para sacar el confort y aguantar la respiración para no vomitar. Oye lucita, dijo la anciana, ¿hoy van a hacer asado?. Lucy la levantó y limpió suave y repetidamente. Sí -dijo- van a celebrar el cumpleaños de Fernando. La anciana hizo una mueca de disgusto, entornó los ojos y bufó, mientras se incorporaba. Lucy se aseguró de que pudiera afirmarse sola, desdobló el algodón, lo subió con lentitud para no desestabilizarla mientras estaba con las panties en los tobillos y agarrada sólo del lavamanos verde agua. Luego, tomó las panties y repitió el gesto, mientras la mujer se apoyaba en su espalda, -sintió nuevamente un dolor, ahora en el hombro y el peso de un cuerpo muerto, mientras con disgusto terminaba de arreglarla, bajarle la falda de lanilla gris y ordenarle el delantal. Se fijó que la señora se había puesto las zapatillas de casa al revés y aunque intentó dejarlo pasar, su sentido estricto del orden le hizo decir, siéntese en la taza doña Herminia, le voy a dar vuelta las chancletas, que se las puso al revés. Cerró la tapa, tiró de la cadena y nuevamente tuvo que soportar el peso, la posición y la licencia de la edad de la mujer sobre su espalda, mientras corregía el hecho insoportable de que las chancletas estaban mal puestas.

Volvieron conversando del menú del almuerzo, ya eran las 12:17 y el vacuno hervía a borbotones desprendiendo un vapor aroma de caldo de hueso, médula, ají de color y ajo, por sobre la mantequilla y el azúcar. Lucy quiso vomitar con tanta mezcla, la pulcritud a la que estaba costumbrada se hizo presente, en el recuerdo de su madre desvistiéndola en la entrada y trapeándola con vigor en la cocina, porque tenía olor a cuero de cordero. Recordó el olor de la franela, el aroma a aire libre y leña húmeda y pudo sentir calma y nostalgia. Los aromas de su infancia nunca combinaron más de 2 esencias. Su madre, con obsesiva insistencia limpiaba e impedía la saturación de olores, con el argumento de que le daban ganas de vomitar.

Puso la mezcla de leche condensada sobre la masa que reposaba sobre la mesa de la cocina, y finalmente cubrió todo con una gruesa capa de claras de huevo batidas. Abrió la puerta del horno y metió el molde adentro. Ya no quedaban palos de leña en el fuego, así que se enfundó una bufanda de lana y salió al patio a recoger palos, los entró, los puso debajo de la cocina, sobre la lata de aluminio, corrió unas botas y terminó la cazuela.

A las 1 en punto había limpiado todo lo que se había propuesto, tenía la mesa lista, había preparado ensalada de lechugas de la huerta y esperaba poder pedir permiso para irse a la hora, quería ir a buscar a la niña y evitar quedarse para el asado. Ya sabía que eso daría para largo. De pronto vio por la ventana a don Renán llegar, estacionar la camioneta, abrir la parte de atrás y bajar un cordero que venía amarrado de las patas. Lucy pensó unos momentos en la vida del animal, que pronto sería sacrificado, pero se deshizo rápidamente de esos pensamientos para salir a abrir el portón de la calle.

Don Renán venía encorvado por el peso del animal, atravesó el portón de madera y lo descargó cual bulto sobre el pasto. El cordero dio un grito y se quedó respirando agitado tratando de safar sus patas. Hola Lucita - dijo él- Hola don Renán - dijo ella - ¿cómo le fue?, más o menos no más che, se perdieron unas ovejas, así que les dejé dicho que le pongan escopeta si sienten cualquier ruido, me tinca que anda un bicho arriba, pero no pillamos ni rastro, así que en una de esas se las están robando.

Lucy cerró el portón, le puso el alambre y le dijo que los pumas dejan al animal cerca, que lo más probable es que se los esté llevando alguien. Don Renán no la escuchó, estaba sacudiéndose y dejando su grueso abrigo de chiporro en el clavo de la pared del quincho. Se sacó las botas de goma y entró con sus calcetines de lana derecho al baño.

A la hora del almuerzo él dijo que a las 4 iba a llegar Lucho a matar al cordero, que prepararan la fuente con cilantro y el limón para comer ñache. Lucy le preguntó si se podía ir temprano, era viernes y a las 5 quedó de ir a buscar a la niña a la casa de su hermana. Don Renán le dijo que la trajera, así la chiquilla jugaba con su nieto, que compartiera con ellos. La arruga en la entreceja delató su disgusto, eso significaba trabajar hasta tarde, pero todos la ignoraron mientras sorbeteaban la sopa, ponían la carne y las papas en un plato para meter la chuchara completa en el caldo.

Terminado el almuerzo, Lucy lavó los platos en silencio, repitiéndose por dentro que su pega llegaría hasta ahí no más, luego pensó en el sueldo, en que la niña necesitaba pantalones nuevos, en que tenía que comprar papas y harina para la casa y en que tenía que llamar a su hermana para que abrigue a la niña para traerla en el colectivo. Hacía mucho frío.

Continuará

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