Buenos días -dijo formalmente- ¡buenos días! -respondieron tímidamente los presentes, agachando la mirada., ¡Buenos días! - repitió él, imponiendo su posición de autoridad gubernamental-, ¡buenos días! le respondieron a coro, elevando un poco la voz. Comparecen ante mi, María Edubigis Cuyul Llautureo, de nacionalidad chilena, cédula de identidad, 8.135.433-0, domiciliada en 21 de mayo 303, Coyhaique y don Juan Eliseo Huichapani Coliboro, cédula de identidad: 7.403.212-K, de nacionalidad chilena, domiciliado en 21 de mayo 303, Coyhaique. La ceremonia de casamiento prosiguió entre la lectura de los antecedentes de los contrayentes y testigos, información de consentimiento, artículos del código civil, derechos y deberes, hasta llegar la única cosa importante, saber si estaban dispuestos a recibirse el uno al otro como marido y mujer. A las 10:49 de la mañana los dos cholitos estaban felizmente casados por las leyes civiles del estado de Chile de 1974. Carlitos una vez terminada su representación, selló el acta con la firma de los testigos, cónyuges, sin evitar reparar que tres de ellos apenas sabían estampar una firma. Inscribió la ceremonia en el libro con su elaborada caligrafía, como solía hacerlo desde hacía 12 años cuando partió en el Registro Civil de Temuco. Hizo entrega de las libretas de familia y cerró luego el grueso ejemplar, para después darle un fuerte abrazo a la novia, hasta sentir sus grandes senos contra su pecho y dio un formal apretón de manos al retaco marido.
Cuando todos se hubieron retirado, Carlos tomó el libro y se dirigió tranquilamente a su oficina. Don Carlitos -dijo la Sra. Carmen, la secretaria- a las 15:00 hrs es el próximo matrimonio. Él asintió y le dirigió una sonrisa de jefatura acosadora, ante la cual la Sra. Carmen respondió con tímida cortesía.
Carlos cerró la puerta tras de sí y triunfal se sentó tras su escritorio de madera de Ciprés. Dejó el libro sobre el archivero y se recostó en su sillón de cuero, de espaldas a la amplia imagen de Augusto Pinochet sonriente, cruzado de una banda tricolor. Luego de unos instantes fijó la vista en la hoja que estaba puesta en su máquina de escribir. Aún debía terminar una inscripción de defunción. El día anterior había tenido que ir a la morgue a identificar a Juan Pedro Cárdenas Añiñir, cédula de identidad 12.567.457-7, fallecido accidentalmente en el aserradero, luego de que uno de sus gruesos tirantes de cuero quedara enganchado debajo de un trozo, sobre la cinta transportadora. No tuvo tiempo de darse vuelta, ni de zafarse, ni de afirmarse, la cinta le dio un fuerte tirón hacia atrás, el joven se fue de espaldas, trastabillando y su cabeza fue a dar directamente a los dientes de la sierra clase #3, que recién esa semana habían terminado de afilar.
Carlos era un hombre con tiempo, trabajólico. Después de unos segundos de reflexión, dio un empujón hacia adelante a su silla, se incorporó recto y comenzó a teclear, en Coyhayque, a 12 de junio....Una vez finalizadas las formalidades, sacó la hoja, tomó su lápiz y con extrema hidalguía hizo su estilizada firma oficial, pronto entraría la Carmencita a retirar la documentación.
Miró su reloj y aún era temprano, hacía mucho frío, así que se levantó y prendió una pequeña estufita a gas para continuar firmando certificados de nacimiento, una autorización de traslado de cadáver desde Coyhaique Alto, entre otros documentos. Alas 13:00 hrs, estiró su delgada corbata, se acomodó el grueso cinturón, planchó con sus manos heladas su pantalón recto y ajustado a la cintura y se puso su abrigo de lanilla a cuadrillé. A los 42 años, ya podía sentir el viento torturando su mollera, anticipo de una inminente calvicie, así que antes de salir, tomó su sombrero del perchero y salió caminando hacia su casa a almorzar.
Su casa había sido adquirida a través de un subsidio, como era solo ya le faltaba muy poco para terminar de pagarla a punta de adelantos. Cuando llegó, prendió la cocina a leña, sacó del refrigerador una olla con cazuela, que preparaba los días domingos para toda la semana. Abrió un tarro de arvejas y a pesar del frío vertió el jugo en una taza, le puso limón, sal y se lo bebió; él no era un hombre de desperdiciar comida. Mientras la cazuela se calentaba, se sentó en su sillón rojo de cotele a mirar televisión en blanco y negro. El único canal era TVN donde a esa hora se hablaba de atentados terroristas y donde Pinochet mostraba la magnificencia de sus decisiones radicales, para rescatar al país de la recesión en la lo había sumido el suicida de Allende.
El calor de la cocina a leña abarcó rápidamente su pequeña casa de población. Fue a la cocina, sacó el afilador y mientras daban el Festival de la Una, se dispuso a afilar el cuchillo que llevaba atado a la cintura. En la tarde iría a un asado a la casa de don Renán a celebrar el cumpleaños de Fernandito, su mejor jugador de basquetball, así que tenía que tener el cuchillo bueno para comer cordero.
A las 2 de la tarde, ya había almorzado y bebido café, estaba dejando apagar el fuego y antes de salir de regreso a la oficina, admiró el único objeto valioso que poseía, una réplica de 50 cm de la estatua de Caupolicán de Nicanor Plaza, hecha en fierro y apostada a la entrada. Se había traído consigo desde Loncoche, su anterior parada como Oficial Civil.
Continuará...
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