Durante la meditación pude notar cómo la percepción del entorno iba cambiando. Tenía experiencia previa y sabía que era la parte que me asustaba. Conscientemente no cedí al miedo, mucho menos a la voz crítica, observante, que me miraba ahí sentada en posición de loto, en medio de un grupo de desconocidos. Seguí respirando y observando los enormes e intrincados engranajes que se formaban a mi alrededor, las líneas azuladas que se entrecruzaban en todas direcciones para interactuar unos con otros, la desaparición progresiva de todo soporte físico, el movimiento de lo microscópico sobre lo sólido, la pérdida de la percepción del tiempo. Después, me recosté y me tapé, no sin antes observar el calor que emanaban los cuerpos de mis otros compañeros. Cubrí mis ojos y lentamente comencé a dialogar hacia adentro. Esta era la manera que mi mente podía procesar la exquisita forma en que el universo conecta todo.
De pronto surgió la pregunta: ¿dónde estás Mabel, dónde estás?, para ese entonces mi cuerpo se había desvanecido, era sólo yo dentro de mí. Me sentía dentro de un espacio físico cóncavo, íntimo e ilimitado. Mientras me acostumbraba a este nuevo escenario, la pregunta se repetía una y otra vez: ¿dónde estás Mabel, dónde estás?. A veces me distraía y era como si abandonase la conexión, pero la pregunta se aferraba a mí o yo a ella como una súplica. Otras veces me sentía observada dentro de este bucle sin sentido. Era una pregunta muy concreta repitiéndose. Me sentía como esas devotas frente a una figura de yeso pidiendo que se cumplan sus deseos. ¡Stop! Necesito volver a mí.
Me hice solo voz y eco, hasta encontrar una nueva forma, dentro de un útero cósmico y ya no estaba sola. Miré a mi izquierda y la vi a ella, sentada, jugando, sola e inmersa en su propio mundo. Era una pequeña niña, de unos seis años. Me vio y sonrió, como si me hubiera estado esperando. Yo había estado con ella antes, habíamos hablado, pero no recordaba de qué. Me causaba ternura y a la vez desconfianza. Se levantó y se acercó a mí como un potrillo que no ha visto a nadie en mucho tiempo, torpe, rápida e intempestivamente. Hablamos, yo le hacía preguntas constantemente, pero mi tono interrogativo, impaciente y autoritario la hacía alejarse y evadirme. Ella sabía que yo no quería estar ahí, que no me gustaban los niños y por sobre todo, intuía que yo sabía que ella era yo. Y aun así, ¡se atrevía a responderme con monosílabos y evasivas!. Saltaba a mi alrededor ignorando mis deseos. Me sentía atrapada en esas películas donde lo lógico no sucede y te agarras la cabeza tratando de entrar a cambiar la trama. No pude memorizar lo que hablamos, solo recuerdo su cara, su vestidito celeste con flores, sus calcetas, su pelo negro y lacio y sus piernas delgadas. Recuerdo incluso que me senté a jugar con ella un rato, para seguir sacándole información que no pude traerme. Mi puente -pensé- ella abre las puertas. Levantó los ojos, me leyó y decidió concluir nuestro encuentro y así sin más me dejó ahí sola.
Yo seguía aferrada a la pregunta: ¿dónde estás Mabel, dónde estás?, pero ahora sentía la frustración de su ausencia. De pronto desde abajo, surgió una figura brillante. Se posó frente a mí, extendió sus manos y me tomó ambos brazos. Me miró fijamente y dijo: "¿Así que me estabas buscando?". Yo estaba inmóvil. "Aquí estoy" —prosiguió— "te encontré y no te voy a soltar jamás. Tú y yo iremos juntas hasta el final". Solo podía mirar impávida su imponente presencia, como si buscara reflejar mi imagen a través de un espejo y sí, ambas éramos luz y forma.
Me tomó y abrazó con tanta fuerza que no supe dónde terminaba su cuerpo o cuál era el mío. "Toma mi mano que yo te guiaré en este viaje. Confía en mí, tú conmigo y yo contigo, baby" y me arrastró hacia arriba, a través del tiempo y en múltiples direcciones. Todo era tan rápido y confuso que me aferré a ella. Mi mundo se volvió inmanente, íbamos y veníamos a través de ductos de luz y tiempo, cual agujeros de gusano que ella manejaba a su antojo. Era mi ánima íntegra, antes de cualquier condicionamiento, aferrándose a mí, mientras narraba mi/nuestra historia.
"Tú y yo, baby, hemos hecho un viaje increíble, juntas cruzamos el océano"... y ahí estaba yo, parada en la baranda del barco, pensando en si lanzarme al mar o no, llorando mientras éste se alejaba de mi pequeño pueblo, llevándome al otro lado del mundo, sola y asustada.
"Tú y yo, baby, hemos hecho cosas increíbles" y me estaba titulando, nacieron mis hijos, amé, fui amada, rompí todos los moldes, hasta que llegué hasta aquí. Su voz no solo narraba mi vida, sino que me mostraba lo valiosa que había sido.
Después me soltó de su abrazo, pero me llevaba de la mano, cual Superman llevando a volar a Lois Lane para conquistarla. Íbamos una al lado de la otra, pero no estábamos solas, ni éramos todas iguales. Pude sentirlas y ver cómo nos transformamos en una pequeña manada, pero yo era la única tomada de la mano de la líder.
También podía escucharlas hablar. A veces una tomaba la voz y a veces otra. Me confundían cuando hablaban entre sí, como ignorando mi presencia, en una perfecta sincronía de mando. ¿Quiénes son? —pregunté— y todas bajamos al bosque. Ya no éramos dos, éramos seis.
Cada una era una mujer, cada una con una voz y luz propia. Vi a la madre, a la sabia, a la inocente y a la niña, a la líder y a mi. "Voy a mostrarte ahora cómo se ve el mundo cuando todas estamos alineadas" y sin mediar palabra, mi guardiana tomó a todas ellas y a sí misma y las metió en mi cabeza. Me sentí como Neo cuando entra por primera vez a la Matrix. Pude ver con claridad a través de mis ojos. Todas las dudas habían desaparecido, estaba completamente segura, me sentía plena, en equilibrio, sabia y en paz. "Tú y yo vamos a salir a cazar". Mis manos se aferraron como garras al suelo y era una leona recorriendo el bosque y usando su instinto. "Nosotras no comemos animales heridos, baby. Esos son para otras. Nosotras queremos al rey de la manada".
Corrimos libres sintiendo el viento en la cara. Tenía la fuerza y el poder de tomar lo que yo quisiera. Mi alma era libre. Había visto por primera vez lo que era caminar completa y no quería volver atrás nunca más.
"Cuando sientes miedo, baby, es porque no estamos en equilibrio. Retrocede, espera. No avances hasta que estemos todas unidas". —me dijo—. ¿Cómo voy a saber a quién de ustedes escuchar?, pregunté. "Ninguna gobierna, sino todas, debes sentirnos a todas para avanzar", respondió la sabia.
¿Si eres tan sabia, por qué me dejas equivocarme? —le pregunté—. "Te dejamos porque eres la única de nosotras que puede ir y volver del mundo intacta" -Dijo. Mi yo inocente me miró y asintió, íntegra, segura y corpórea. La madre permaneció en silencio esta vez. No era su momento de hablar.
"Ven conmigo que voy a mostrarte algo" —dijo este yo sin condicionamiento—. "Ríndete ante ti y di que te amas". Me quedé en silencio, mirándola, confundida. Ella me tomó con firmeza y me gritó: ¡dilo!, ¡di que te amas!. Me asusté. Me ignoró e insistió con más autoridad: ¡Ríndete pleitesía! y con sus manos tomó mi cabeza y me obligó a arrodillarme. Fue tan potente que, llorando en contrición, grite: "Oh mi soberana, mi guardiana, mi leona, mi diosa, mi guerrera, mi sabia, mi heroína, te amo y siempre te he amado". —¡Dilo más fuerte!, ¡grita!— —¡Te amo!— dije llorando—, y el amor más intenso, puro y perfecto apareció ante mí. Lloré de rodillas hasta que ya no pude más. Me entregué con humildad a la inmensidad de este amor desconocido: el amor a mí misma.
Me abracé con la ternura de la madre que me cubrió de besos, secando mis lágrimas y mis gritos ahogados de arrepentimiento, mientras le pedía perdón y le juraba que nunca más volvería a perderme. Lloré acurrucada en todos estos brazos, hasta que comprendí. El viaje estaba por terminar, pero yo quería quedarme ahí para siempre. Había experimentado la máxima forma de amor en el plano personal, ¿quien hubiera querido irse?.
Nunca pude ver su rostro, pero sus palabras me acompañan hasta el día de hoy como un tatuaje: "Tú conmigo y yo contigo baby, iremos juntas hasta el final". Antes de partir me hizo repetir esta oración una y otra y otra vez. Hubo un momento en que ya no podía distinguir si tenía traducción al español o si incluso era posible de escribir en español. Sentí miedo de olvidarla, así que me incorporé como pude y la escribí garabateando en un trozo de papel: "Tú conmigo y yo contigo, baby, iremos juntas hasta el final".
Ese viaje cambió mi vida para siempre. Supe cómo amar y a quién amar; la desalineación que precede a la infelicidad. Aprendí a caminar íntegra y ligera, a ir y venir intacta, trayendo nueva y rica información para estas mujeres curiosas, que se deleitan con mis cuentos y mis experiencias en el mundo real.
No mentiré, no siempre escucho claramente la voz de la más sabia, pero ella ha encontrado la forma de hacerse escuchar. En venganza me envía dolores de estómago, recuerdos, confusión y sensaciones desagradables. Se hace presente con noches de insomnio, no me deja estar cómoda, solo para recordarme por qué, para qué estoy aquí y sobre todo cómo queremos seguir juntas este viaje.
Hasta el final.
Mi final. Nuestro final.


