Había una vez un prestigioso sabio, al que todos llamaban "Cabal"
Cada semana las personas más importantes del reino pagaban altas sumas de dinero por ir a escuchar sus enseñanzas o pedir su consejo. Cuando Cabal ingresaba al foro, todos decían que una luz iluminaba su camino y que el candor se apoderaba de ellos. Cabal se sentaba compasivamente frente a la audiencia y comenzaba a contar los sucesos recientes, de cómo estos se conectaban con la historia pasada, de cómo se formaba en la mente las ideas y de cómo se debía actuar en consecuencia al comprender el hilo de sucesos que acababa de relatar. Su manera de hablar dejaba a su audiencia alucinada y aun cuando Cabal estuviera completamente borracho, su labia lo cubría de un halo de paz, algo bien usual cuando el prestigio es acompañado de sensatez.
Una vez terminadas las sesiones con el vulgo, los generales se reunían con él a solas y le pedían consejos para ganar batallas; los soldados para luchar con su temor a la muerte y sobrevivir a las guerras; las mujeres, para mantener seducidos a sus esposos y los esposos para mantener engañadas a todas sus mujeres. Los sabios de las aldeas vecinas venían a pedir la palabra precisa para manipular a otros sabios y los artistas para afianzar su talento. Cabal entonces, se dedicaba íntegramente a cada uno de sus fieles, otorgándoles el poder de autogestionarse, de sanar sus heridas, resolver sus líos, alcanzar sus méritos e incluso, abrazar sus perturbaciones mentales.
Cabal tenia un pequeño circulo íntimo, amable y condescendiente, que le permitía gozar de la compañía de los seres comunes, sin sentirse en la obligación de invertir mas energía en entregar consejos. Tanto así, que era posible muchas veces verlo en reuniones recurriendo a evocaciones espontáneas o en medio de la algarabía de su propio pueblo.
Nadie que se conociera, tenia algo desfavorable que decir sobre este sabio, puesto que, aunque lo hiciese, nadie lo hubiera avalado. Era un hombre que disfrutaba de una vida ajena a la vulgaridad de lo cotidiano y los temas comunes.
Sus enseñanzas habían forjado ejércitos victoriosos, majestuosas obras de arte, estructuras que prevalecerían más allá de los enfrentamientos bélicos, había fortalecido familias y engendrado linajes poderosos y extensos. Le había dado una mano a prolíficos mercaderes, forjado hombres y mujeres de buen juicio, aconsejado a amantes dedicados y dado mas poder a las sílfides. Cabal había transformado a plebeyos en caballeros y a prostitutas en doncellas, sacerdotes en pontífices y leguleyos en magistrados.
El reino se forjaba sobre la sólida sanidad mental de su pueblo, su bullante economía y de tener un rey con buen juicio. Sus cercanos gozaban del escaso tiempo que podía dedicarles tras sus importantes responsabilidades, pues adherían a su imponente figura, abstrayéndolos de sus constantes ausencias.
Un día el sabio se sintió enfermo y aunque ya tenia una edad muy avanzada, no había experimentado antes los males que aquejan al cuerpo que envejece. Presumía de que toda la energía que imponía sobre los demás, se le devolvía en controlar los aires que lo mantenían fuerte y vigoroso. Aunque, al principio debatió consigo mismo sobre cómo aliviarse, su propio consejo fue recurrir a otros expertos.
Fue así que pidió ver a una curandera, a quien él había aconsejado acopiar sus hiervas para no tener que buscarlas cada vez que tenía que atender a los enfermos. Ella al verlo le dijo: "¿Has recurrido a mi consciente de que estás por experimentar tu propia muerte?", sí - asintió Cabal. Entonces -dijo ella- has de saber que el tiempo que te quede por vivir, deberás abocarte a alcanzar la sabiduría". Dicho eso, se aplicó a sus ungüentos. El sabio impresionado, no volvió a su recámara, sino que subió lentamente a su caballo y se perdió en divagaciones, mientras el animal lo llevaba paso a paso a las caballerizas del puebo.
Esa noche no pudo dormir, tampoco en las siguientes, tratando de entender lo que había dicho tan majaderamente aquella mujer regordeta, enjuta y de cabellos ensortijados. Él era sabio, el sabio de los sabios, tenía un puesto en el arco de entrada a la ciudad. Era su busto el que coronaba el templo del rey, se habían hecho canciones en su honor, los reyes le rendían honores, había disfrutado de los mejores banquetes, los mejores vinos, las mas exóticas ceremonias. Había recorrido los mas recónditos lugares del mundo en andas y gozaba de la confianza y gratitud de su pueblo, ¿no era un sabio acaso?.
Así, pasaron los días, las semanas y los meses, mientras lentamente el sabio se iba consumiendo en este pensamiento rumiante ¿no soy ya un sabio acaso?. Un día, se levantó de su lecho, estaba próximo a la muerte. Fue a su mujer y sin más le compartió de sus infidelidades y le pidió perdón, como suelen hacer los cristianos ortodoxos, antes de morir. Luego fue a por sus hijos y les confesó todas las mentiras que alguna vez había utilizado para allanarlos. Fue a su madre mirando al cielo y le contó todas las veces que hizo exactamente lo contrario a sus enseñanzas, fue a su padre también y le habló de su soberbia. Fue a sus discípulos y les confesó que ya no tenia nada que decir. A sus hermanos les confesó el total aburrimiento que sentía en su compañía. Una vez concluido se fue al río y observó su rostro en el agua. Por primera vez, lloró, pensó que moriría sin responderse esta pregunta. Lloró de amargura y de culpa, pues tras de sí estaban los ojos de todo lo que alguna vez había conocido, herido por sus palabras, sus acciones y omisiones. Había un mundo defraudado y un círculo cercano que se desvanecía hasta el punto de estar complemente solo. cabal estaba sufriendo, por herir y por dañar a otros. Sentía que perdería el busto y no tendría un lugar en los libros de historia. Seria enterrado entre la plebe. Lo había perdido todo en un día, un día exacto antes de su muerte.
Esa tarde no regresó a casa. Se sentó a descansar bajo el sol, extendiendo sus palmas añosas y vacías. El silencio lo habitó. No sintió pena, menos consuelo, ni certeza. Tampoco había grandeza en el destino que había elegido, solo una brisa leve que, por un instante, le devolvió la imagen de su pasado imborrable.
Nadie lo vio morir. No dijo palabra. Simplemente exhaló, siguiendo con sus ojos grises a una figura descomunal: aquella que precede tan hábilmente el paso a la muerte. El embrujo del último hálito se llevó el apego de Cabal desde este mundo.
No hizo cuenta de su error. No hubo estatua, ni libros escritos en su honor. Solo el recuerdo de sus últimos días, que para todos quienes lo conocieron, fue su vida entera.

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