La reunión de apoderados es como el examen de la glucosa, vas porque sabes que es necesario y útil, te tomas el jarabe que no es tan malo como antes, pero raya para la suma, igual lo odias. Anoche, mientras tenía medio cachete del poto en la silla de kinder de mi hija, me puse a observar y a buscar entre la fauna de asistentes, aspectos comunes en esta relación obligada y aquí les dejo mi volón.
1. La profesora: Generalmente todos los papás la pelan y la odian en secreto y por WhatsApp. Siempre dicen que van a reclamar por tal o cual motivo y hasta tu tienes un par de cosas que decirle, pero al final no dices nada, porque ella es...es una maestra de teflón, una diplomática, ella escribió el decálogo de buenas prácticas para la escuela donde se forman nuestros embajadores. Pareciera que los temas complicados de abordar, los abordan, pero no es así, los dejan resbalar hacia sus botas Nine West y cuando la miras bien, te sorprende ver lo sexy y empoderada que se ve, una completa bitch que termina pasándote unas láminas que bajó de Slideshare, sin sonido porque el parlante está malo, de cómo criar bien a tus hijos y que al final de la reunión te dice lo buen alumno que es, pero lo mal que se porta. Ella no está feliz con el hijo de nadie.
2. La cabrona. Aunque merece un capítulo completo, quiero ser ecuánime con las líneas. Si no es la presidenta de curso, seguro lo será. Ella creó el WhatsApp del curso, el Facebook del curso. Es la que en la mañana a las 8:00 manda mensajes informando, saludando, comentando, preguntando, respondiendo, es la que te agota la batería del smathpone a las 5 de la tarde. En la noche sube la tarea que tu hijo no anotó, la que te manda de un salto al supermercado a comprar un material que tu hijo nunca te dijo que tenía que llevar al otro día, es la que sabe la hora en que inicia y comienza todo. Generalmente trabaja en su casa, mamá del niñito más peleador, desordenado o bravucón del curso o la niñita que se cree princesa. Siempre lidera las actividades, trabaja y se queja de la falta de apoyo del resto de los padres. Tiene un séquito de amiguis apoderadas que es de temer, perteneces o no no perteneces, estás con ellas o estás en su contra.
3. La super mamá: Ella parte las frases diciendo "Mi hija(o)....dijo que. Es la que te encuentras todas las mañanas cuando vas corriendo como las locas a dejar a tus hijos, la que lleva a su ninito(o), bien peinado, con trenzas que no sabías que existían y pinches de colores que no se pueden llevar al colegio. Es la mamá que les prepara los quequitos y galletas, que lleva el quequito para la reunión de apoderados, la que siempre tiene algo que aportar de buena crianza; la que cose, la que teje, la que se sabe todos los tips y siempre opina personalizando las cosas, ella, ella es la que generalmente atrasa las reuniones.
4. El polémico: Pone el tema penca en la reunión, que las colaciones se enfrían, que los polerones y parkas se pierden, que los niños van solitos al baño y se los puede comer el cuco, que su hijo se cayó, le pegaron, lo mordieron y que ha dado instrucciones de devolver el golpe. El que pregunta qué chucha hacen en la clase de Tecnología, porqué no revisan los ejercicios del libro en clases. Es el único(a) que acusa de algo a la profesora, quien le dice cómo hacer su trabajo y dice saber cómo hacer mejor todas las cosas. Es experto en Prevención de Riesgos, abogado, pintor, escultor, docente, psicólogo, ingeniero, auditor y psicopedagogo, se las sabe todas. Generalmente es el que prende el fósforo para que el resto de las madres salten rasgando vestiduras, por alguna rencilla añeja. siempre aparece en cada reunión.
5. La agotada: Ella se queja de que las pruebas son muy seguidas, muy cortas, muy largas, la materia muy difícil, mucha materia, que hubo poco tiempo, que a los niños les mandan muchas tareas, que los niños están cansados, que hay muchas pruebas en la semana, que su hijo no entendió, que ella leyó 2 veces y tampoco entendió.
6. Los culpables: Ellos son los papás que no han pagado la cuota del curso, que no mandaron la donación para la rifa, que no han pagado la cuota del centro de padres, que no mandaron la rifa, que no colaboran y no colaborarán. En esta lista están también el papá del niñito que le pega a todos, del desordenado, del que deja la cagá en todas partes, del que tiene super malas notas. Ellos no quieren que se les nombre, ni que se toque el tema que les duele. Generalmente se salvan de todo, nunca los pillan ni los denuncian. Nadie sabe cómo se llaman, ni de quien son apoderados.
7. Los excétricos: Es el grupo de papás que tienen ideas raras y extravagantes de la vida y la educación, que donan alimentos orgánicos, que llevan de premio sorpresa una polera que dice: "adopta un callejero", que quieren que los niños aprendan a cultivar, que aumenten las horas de música y artes. Que en vez de completadas se hagan ensalatones. Ellos tienen hijos medio nerds, medio excéntricos, medio extravagantes, diferentes. Son papás que hablan y nadie escucha, que se ofrecen para hacer cosas, pero al final otro los reemplaza, porque está mas en la línea de lo que quieren las masas. Ellos se agrupan entre sí por cultura, por religión o por no tenerla. A este grupo de papás se los comen cada año los cabrones y su séquito. Nadie los aprovecha.
8. El que no aporta o los escasoaporte.com: Como yo, que a veces vamos las reuniones vestidos de cabrones, otras veces de excéntricos, otras de agotada, otras de super mamá y así, como nos pille la locomoción y la memoria. Somos ese grupo de papás que se caga de la risa de todo, que cree que todo anda como las weas u otras veces super bien. Que colaboramos cuando podemos y cuando queremos. Que pagamos un día antes de que no se pueda ir al paseo de curso, que no le vendemos la rifa al compañero de pega, sino que la compramos nosotros, los que asumimos todo, por flojos. Aparecemos justo cuando más nos necesitan, porque nunca nos organizamos, pero no dejamos que las cosas se caigan, aunque seamos poco confiables. Somos ese grupo de papás que hay que pillarlos volando bajo para que hagan algo. Los impacientes, los que en las reuniones queremos irnos luego para la casa, que nos gustaría a veces ser presidente de curso,pero luego nos da lata.
Al final, en la reunión de apoderados todos nos mezclamos hasta llegar al equilibrio, díganme si en su curso estos perfiles no existen, ojalá que si pertenece a alguno de estos grupos se caguen de la risa, porque al final, todos somos necesarios.
miércoles, 6 de agosto de 2014
lunes, 26 de mayo de 2014
Capítulo 1: Los 4 padres de una única hija - Parte IV
A la hora de almuerzo la niña no había comido casi nada, estaba decaída desde hacía varios días, tenía una tos profunda y seca, se le hundían las costillas, no estaba respirando bien, María Elisa la cubrió de coles para bajarle la fiebre, pero la niña tiritaba, se retorcía y lloraba, poniéndose de color rojo amoratado, así que mejor decidió dejarla descansar después de dar vuelta las hojas al menos un par de veces. Mientras le ponía un trapo sobre la frente, pensó en que lo mejor sería llevarla al hospital, así que preparó un bolso con algunas cosas y lo dejó a un costado de la cama, para cuando le dieran permiso para salir.
Esperó a que la niña se durmiera, cerró la puerta suavemente y salió al patio apurada, se instaló frente a la artesa, metió las manos y las sacó inmediatamente. Había dejado pasar mucho rato y el agua estaba congelada por el frío del invierno que se negaba a acabar. Fue a la cocina, una gran habitación alumbrada por una única ampolleta. Al centro, una mesa larga y cubierta de un mantel de hule amarillento y a cuadros, tan sucio como las paredes. Miró de reojo a las mujeres soñolientas que bebían café de higo y sacó de la cocina la tetera con agua hirviendo. No saludó a nadie, tampoco nadie reparó en ella. Dio vuelta sobre sus pasos y salió de la habitación al patio a verter el líquido sobre las sábanas. El agua apenas se entibió, pero al menos no se le congelarían las manos. Llenó la tetera con agua y la fue a devolver a la cocina, rato más tarde una mujer gritaría furiosa porque no había agua hervida para el café, pero a María Elisa no le importó -que se rajen -pensó.
La escobilla no estaba, se inclinó con los pechos llenos rozando la tabla mojada, metió las manos hasta el fondo, sintiendo la baba que cubría la madera, tocó el tapón y el trapo que lo rodeaba, sintió la tela y el desagradable roce con sus manos reblandecidas por el agua con jabón. Cuando al fin la encontró, tiró hacia sí la primera sábana y comenzó a restregarla con fuerza sobre la tabla, a los pocos minutos ya tenía enrojecida la almohadilla de la mano derecha, pero siguió y siguió restregando hasta terminar, así podría llevar a la Rosita al hospital.
Colgó las sábanas y volvió a meterse a su pieza, una pequeña habitación hechiza al fondo del patio, que compartía con otra empleada de la casa de tolerancia, un burdel cubierto de tejas rojas ubicado al final de la calle Guillermo Gallardo, entre Doctor Marín y Santa Ana. Juntas, lavaban las sábanas y limpiaban el despelote cada día y cada noche.
María Elisa tenía un carácter infernal, mitad heredado y mitad formado por la crueldad de la época para con los niños. Había nacido en febrero de 1936, hija de un estibador de puerto y de una dueña de casa, la menor de 9 hermanos. Hubo otro después de ella, que nació débil desde el vientre de una madre que ya no tenía más energías ni nutrientes para transmitir a su último vástago. Andresito vivió enfermo y murió cuando tenía 3 años de una pulmonía. Aún podía recordar el llanto de su madre con el niño muerto en brazos, recordar el velorio del niño amarrado, semi-sentado y vestido con un trajecito de lana blanca y zapatitos nuevos de cuero blanco con hebillas. Nunca pudo olvidar que estaba como dormido, sobre la mesa del comedor cubierta con una sábana blanca, adornada de flores de colores, tampoco de cómo su padre y sus hermanos mayores se emborracharon ese día y tantos otros. Su madre se acostó después del entierro para no levantarse nunca más, hasta que falleció de pena, como decían todos. Siempre se preguntó cómo pudo amar tanto al último de sus hijos si tenía 9 más. Cuando su madre murió después de 1 año de depresión y agonía, María Elisa tenía 9 años, se había quedado sola en una casa gigante en la Población Modelo, a cargo de su hermana Isaura, de 13 años y bajo la crueldad de su hermano mayor Abdón de 16, un adolescente alcohólico y de mal carácter que no escatimaba tiempo para suministrar castigos y privaciones a los más chicos, entre los turnos del padre. Había días en que recibía palizas por no planchar bien una camisa, otros en no podía comer y otros en que simplemente no podía salir ni hablar con nadie, encerrada en la despensa. La casa se fue empobreciendo, hasta que 2 años después Abdón se fue a hacer su servicio militar y su padre instaló una nueva esposa, una viuda con 2 hijas de 8 y 9 años, que a las pocas semanas de llegada, dejó en claro quién mandaba y cómo serían las cosas. Pasó un año planchando, peinando, lavando y almidonando los vestidos de sus hermanastras, hasta que un día su madrastra le pegó con un cinturón por quemar uno de ellos. Tan fuerte fueron los correazos, que la piel de la espalda le sangró. Durante todo ese día estuvo inmóvil, sentada en el suelo de la despensa, mascullando y transformándose en otra persona basada en la ira y el rencor. Esperó allí hasta que estuvo segura que no había nadie en casa, salió de la despensa y cual huracán comenzó a destruir todo a su paso. Tanta era su furia, que recordaba con orgullo haber levantado la cubierta de fierro de la cocina a punta de patadas. Contaba que no dejó nada sin destrozar, nada que hubiera sido tocado, cuidado o adquirido mientras su madre estuvo viva. En medio de los destrozos, entró Abdón que llegaba los viernes cada 15 días a lavar su ropa. Al ver el despelote y a quién lo había provocado, se sacó su cinturón, no sin antes insultarla con ahínco. María Elisa había estado esperando este momento, dejó de romper los platos en el piso, se paró de frente a él y tomó un palo debajo de la cocina, lo miró desafiante y esperó su primer movimiento. Abdón no advirtió a quién tenía al frente, cuando se abalanzó sobre ella seguro de su superioridad, María Elisa le asestó un violento y certero golpe entre medio de las piernas, justo en los testículos. Todavía podía ver su cara de dolor y como caía doblado frente a ella, que sin esperar un segundo le asestó otro palo en la espalda. luego se abalanzó sobre él, con tal fuerza que lo tiró de espaldas de una sola patada. Se montó sobre su estómago y lo agarró de la manzana de adán con una sola mano, con tanta fuerza que estuvo apunto de arrancársela de cuajo. -Si me vuelves a tocar te mataré, le dijo fuera de si. Luego, se levantó y lo pateó en el suelo, mientras Abdón horrorizado del animal que tenía encima, trataba de volver a respirar, con los ojos desorbitados y sin ninguna duda de que ella lo mataría en ese o en cualquier otro momento. A sus 18 años, con su traje de soldado raso, se revolcaba de dolor y humillación, mientras María Elisa hacía sus maletas tranquilamente, para nunca más volver.
No era la primera vez que ella experimentaba un estado de enajenación de ese tipo. Había abandonado el colegio en primero de preparatoria, luego de un incidente similar. Era habitual en las escuelas la aplicación de castigos crueles, tanto físicos, como sicológicos. Ella no tenía muy buena cabeza, así que no pudo hacer la tarea de escribir 10 palabras con "a". La profesora, una mujer gorda, pequeña y de cara rosada, marcada por la epidemia de viruela de principios de 1900, la tomó del brazo cuando vio el cuaderno vacío y la puso frente al pizarrón a escribir 2 palabras, pero la pequeña niña no supo qué hacer con la tiza en la mano. Podía sentir tras de sí cómo todos sus compañeros se burlaban de sus piernas flacas y sus trenzas de caballo amarradas con cintas blancas. Cabeza gacha, tuvo que soportar los gritos de la profesora que la humillaba por ignorante; la pequeña María Elisa de pronto, levantó la cabeza, la miró con furia y le dijo "cállate vieja de mierda". La mujer regordeta abrió su grandes ojos redondos, se puso roja de rabia, agarró a la niña de las patillas y la metió bruscamente a la habitación del terror, una pequeña bodega de materiales desde donde se podían oír el llanto de los niños, en medio de la clase, cuando eran castigados ahí adentro. A ella no le había tocado estar antes allí, pero sabía que dentro había un muerto. Cuando se le pasó el dolor, se encontró de frente con el esqueleto de un hombre. Al verlo, se apoderó de ella la ira y en vez de llorar, se colgó de las osamentas y con un fuerte tirón las desparramó por el suelo de la pequeña, oscura y hedionda habitación. No conforme con el estruendo comenzó a patear todo lo que estaba a su alcance, desencajando las repisas y cada uno de los huesos del esqueleto en unos pocos segundos. No lloró, no gritó, pero una ira profunda y siniestra la dominó. Era una pequeña niña furiosa dentro de una caja, con espacio suficiente para levantar manos y piernas hasta desarmar todo. Fue tanto el escándalo que en vez de pasar media adentro, fueron solo 2 minutos. Cuando la profesora abrió la puerta, vio horrorizada a María Elisa, de frente con un hueso de fémur en la mano. La mujer no alcanzó a reaccionar cuando la pequeña de 6 años, le estampó el trocante mayor a la altura del hombro. La mujer dio un grito y cayó de espaldas. María Elisa atravesó el salón de clases, tomó su bolsón de cuero y no volvió a pisar un colegio nunca más. Había alcanzado a aprender a escribir su nombre y con eso era suficiente.
jueves, 8 de mayo de 2014
Capítulo 1: Los 4 padres de una única hija - Parte III
Buenos días -dijo formalmente- ¡buenos días! -respondieron tímidamente los presentes, agachando la mirada., ¡Buenos días! - repitió él, imponiendo su posición de autoridad gubernamental-, ¡buenos días! le respondieron a coro, elevando un poco la voz. Comparecen ante mi, María Edubigis Cuyul Llautureo, de nacionalidad chilena, cédula de identidad, 8.135.433-0, domiciliada en 21 de mayo 303, Coyhaique y don Juan Eliseo Huichapani Coliboro, cédula de identidad: 7.403.212-K, de nacionalidad chilena, domiciliado en 21 de mayo 303, Coyhaique. La ceremonia de casamiento prosiguió entre la lectura de los antecedentes de los contrayentes y testigos, información de consentimiento, artículos del código civil, derechos y deberes, hasta llegar la única cosa importante, saber si estaban dispuestos a recibirse el uno al otro como marido y mujer. A las 10:49 de la mañana los dos cholitos estaban felizmente casados por las leyes civiles del estado de Chile de 1974. Carlitos una vez terminada su representación, selló el acta con la firma de los testigos, cónyuges, sin evitar reparar que tres de ellos apenas sabían estampar una firma. Inscribió la ceremonia en el libro con su elaborada caligrafía, como solía hacerlo desde hacía 12 años cuando partió en el Registro Civil de Temuco. Hizo entrega de las libretas de familia y cerró luego el grueso ejemplar, para después darle un fuerte abrazo a la novia, hasta sentir sus grandes senos contra su pecho y dio un formal apretón de manos al retaco marido.
Cuando todos se hubieron retirado, Carlos tomó el libro y se dirigió tranquilamente a su oficina. Don Carlitos -dijo la Sra. Carmen, la secretaria- a las 15:00 hrs es el próximo matrimonio. Él asintió y le dirigió una sonrisa de jefatura acosadora, ante la cual la Sra. Carmen respondió con tímida cortesía.
Carlos cerró la puerta tras de sí y triunfal se sentó tras su escritorio de madera de Ciprés. Dejó el libro sobre el archivero y se recostó en su sillón de cuero, de espaldas a la amplia imagen de Augusto Pinochet sonriente, cruzado de una banda tricolor. Luego de unos instantes fijó la vista en la hoja que estaba puesta en su máquina de escribir. Aún debía terminar una inscripción de defunción. El día anterior había tenido que ir a la morgue a identificar a Juan Pedro Cárdenas Añiñir, cédula de identidad 12.567.457-7, fallecido accidentalmente en el aserradero, luego de que uno de sus gruesos tirantes de cuero quedara enganchado debajo de un trozo, sobre la cinta transportadora. No tuvo tiempo de darse vuelta, ni de zafarse, ni de afirmarse, la cinta le dio un fuerte tirón hacia atrás, el joven se fue de espaldas, trastabillando y su cabeza fue a dar directamente a los dientes de la sierra clase #3, que recién esa semana habían terminado de afilar.
Carlos era un hombre con tiempo, trabajólico. Después de unos segundos de reflexión, dio un empujón hacia adelante a su silla, se incorporó recto y comenzó a teclear, en Coyhayque, a 12 de junio....Una vez finalizadas las formalidades, sacó la hoja, tomó su lápiz y con extrema hidalguía hizo su estilizada firma oficial, pronto entraría la Carmencita a retirar la documentación.
Miró su reloj y aún era temprano, hacía mucho frío, así que se levantó y prendió una pequeña estufita a gas para continuar firmando certificados de nacimiento, una autorización de traslado de cadáver desde Coyhaique Alto, entre otros documentos. Alas 13:00 hrs, estiró su delgada corbata, se acomodó el grueso cinturón, planchó con sus manos heladas su pantalón recto y ajustado a la cintura y se puso su abrigo de lanilla a cuadrillé. A los 42 años, ya podía sentir el viento torturando su mollera, anticipo de una inminente calvicie, así que antes de salir, tomó su sombrero del perchero y salió caminando hacia su casa a almorzar.
Su casa había sido adquirida a través de un subsidio, como era solo ya le faltaba muy poco para terminar de pagarla a punta de adelantos. Cuando llegó, prendió la cocina a leña, sacó del refrigerador una olla con cazuela, que preparaba los días domingos para toda la semana. Abrió un tarro de arvejas y a pesar del frío vertió el jugo en una taza, le puso limón, sal y se lo bebió; él no era un hombre de desperdiciar comida. Mientras la cazuela se calentaba, se sentó en su sillón rojo de cotele a mirar televisión en blanco y negro. El único canal era TVN donde a esa hora se hablaba de atentados terroristas y donde Pinochet mostraba la magnificencia de sus decisiones radicales, para rescatar al país de la recesión en la lo había sumido el suicida de Allende.
El calor de la cocina a leña abarcó rápidamente su pequeña casa de población. Fue a la cocina, sacó el afilador y mientras daban el Festival de la Una, se dispuso a afilar el cuchillo que llevaba atado a la cintura. En la tarde iría a un asado a la casa de don Renán a celebrar el cumpleaños de Fernandito, su mejor jugador de basquetball, así que tenía que tener el cuchillo bueno para comer cordero.
A las 2 de la tarde, ya había almorzado y bebido café, estaba dejando apagar el fuego y antes de salir de regreso a la oficina, admiró el único objeto valioso que poseía, una réplica de 50 cm de la estatua de Caupolicán de Nicanor Plaza, hecha en fierro y apostada a la entrada. Se había traído consigo desde Loncoche, su anterior parada como Oficial Civil.
Continuará...
Cuando todos se hubieron retirado, Carlos tomó el libro y se dirigió tranquilamente a su oficina. Don Carlitos -dijo la Sra. Carmen, la secretaria- a las 15:00 hrs es el próximo matrimonio. Él asintió y le dirigió una sonrisa de jefatura acosadora, ante la cual la Sra. Carmen respondió con tímida cortesía.
Carlos cerró la puerta tras de sí y triunfal se sentó tras su escritorio de madera de Ciprés. Dejó el libro sobre el archivero y se recostó en su sillón de cuero, de espaldas a la amplia imagen de Augusto Pinochet sonriente, cruzado de una banda tricolor. Luego de unos instantes fijó la vista en la hoja que estaba puesta en su máquina de escribir. Aún debía terminar una inscripción de defunción. El día anterior había tenido que ir a la morgue a identificar a Juan Pedro Cárdenas Añiñir, cédula de identidad 12.567.457-7, fallecido accidentalmente en el aserradero, luego de que uno de sus gruesos tirantes de cuero quedara enganchado debajo de un trozo, sobre la cinta transportadora. No tuvo tiempo de darse vuelta, ni de zafarse, ni de afirmarse, la cinta le dio un fuerte tirón hacia atrás, el joven se fue de espaldas, trastabillando y su cabeza fue a dar directamente a los dientes de la sierra clase #3, que recién esa semana habían terminado de afilar.
Carlos era un hombre con tiempo, trabajólico. Después de unos segundos de reflexión, dio un empujón hacia adelante a su silla, se incorporó recto y comenzó a teclear, en Coyhayque, a 12 de junio....Una vez finalizadas las formalidades, sacó la hoja, tomó su lápiz y con extrema hidalguía hizo su estilizada firma oficial, pronto entraría la Carmencita a retirar la documentación.
Miró su reloj y aún era temprano, hacía mucho frío, así que se levantó y prendió una pequeña estufita a gas para continuar firmando certificados de nacimiento, una autorización de traslado de cadáver desde Coyhaique Alto, entre otros documentos. Alas 13:00 hrs, estiró su delgada corbata, se acomodó el grueso cinturón, planchó con sus manos heladas su pantalón recto y ajustado a la cintura y se puso su abrigo de lanilla a cuadrillé. A los 42 años, ya podía sentir el viento torturando su mollera, anticipo de una inminente calvicie, así que antes de salir, tomó su sombrero del perchero y salió caminando hacia su casa a almorzar.
Su casa había sido adquirida a través de un subsidio, como era solo ya le faltaba muy poco para terminar de pagarla a punta de adelantos. Cuando llegó, prendió la cocina a leña, sacó del refrigerador una olla con cazuela, que preparaba los días domingos para toda la semana. Abrió un tarro de arvejas y a pesar del frío vertió el jugo en una taza, le puso limón, sal y se lo bebió; él no era un hombre de desperdiciar comida. Mientras la cazuela se calentaba, se sentó en su sillón rojo de cotele a mirar televisión en blanco y negro. El único canal era TVN donde a esa hora se hablaba de atentados terroristas y donde Pinochet mostraba la magnificencia de sus decisiones radicales, para rescatar al país de la recesión en la lo había sumido el suicida de Allende.
El calor de la cocina a leña abarcó rápidamente su pequeña casa de población. Fue a la cocina, sacó el afilador y mientras daban el Festival de la Una, se dispuso a afilar el cuchillo que llevaba atado a la cintura. En la tarde iría a un asado a la casa de don Renán a celebrar el cumpleaños de Fernandito, su mejor jugador de basquetball, así que tenía que tener el cuchillo bueno para comer cordero.
A las 2 de la tarde, ya había almorzado y bebido café, estaba dejando apagar el fuego y antes de salir de regreso a la oficina, admiró el único objeto valioso que poseía, una réplica de 50 cm de la estatua de Caupolicán de Nicanor Plaza, hecha en fierro y apostada a la entrada. Se había traído consigo desde Loncoche, su anterior parada como Oficial Civil.
Continuará...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
